

Arquitectura Condicional, una narración que recorre en tres tiempos el desarraigo del migrante intentando unir sus dos realidades y fue la historia ganadora de la IV edición del premio de Relato Migrante de la UNAM-España, en el Festival Centroamérica Cuenta.
Yeisson Vargas, estudiante del programa de Comunicación Social – Periodismo de la UAO, cautivó al jurado a través de una historia narrada desde la voz de un trabajador de la construcción, haciendo uso del condicional y la representación de tres momentos de la migración: lo que fue, lo que pudo ser y lo que es.
Entrevista realizada a Yeisson Vargas
¿Quién es Yeisson Vargas y qué lo llevó a España?
“Soy un escritor colombiano, formado en Comunicación en la UAO, que llegó a España hace dos años buscando lo que busca casi todo el que emigra: otra posibilidad. Pero la migración tiene eso: uno llega con una versión de sí mismo y el territorio te devuelve otra que no reconoces del todo. En ese intervalo, en esa distancia entre quien uno era y quien el contexto te obliga a ser, encontré el material más honesto que he tenido para escribir. España no me cambió la vida en el sentido luminoso que prometen los relatos de éxito. Me la complejizó. Y esa complejidad, a veces, es exactamente lo que la escritura necesita”.
¿Qué sientes al momento de recibir el galardón?
“En mi opinión, en el momento en que te nombran, enmudeces. Y ese silencio, viniendo de un escritor, es quizás lo más elocuente que puede decirte la literatura.
Siento gratitud. Porque este premio no corona un relato o una vida: consagra el acto de migrar con la palabra, de descubrir que la escritura es el único equipaje que no pesa en la aduana, y que también de una u otra manera, echa raíces”.
¿Por qué surge el relato Arquitectura Condicional?
“Porque quería encontrar una forma verbal que nombrara algo que yo sentía pero que el idioma cotidiano no alcanzaba a decir. Y la encontré en el condicional: habría llegado, habría construido, habríamos envejecido juntos. Esa es, creo, la gramática secreta del migrante. No el pasado que se fue ni el futuro incierto que se persigue, sino ese tiempo suspendido entre las dos orillas, donde viven todas las versiones posibles de uno mismo que no sucedieron.
Quise escribir desde ahí: desde la vida que no fue, con la misma precisión con que se mide lo que sí existe. Porque el desarraigo no es solo ausencia. Es una presencia muy concreta, con peso, con temperatura, con coordenadas exactas”.
¿Qué significa para ti contar historias de migración desde Colombia hacia el mundo?
“Significa atreverse a vivir en el único tiempo que el migrante conoce con certeza: el condicional. No el pasado, que ya no nos pertenece, ni el futuro, que aún no nos recibe, sino ese modo verbal donde todo lo que fuimos se conjuga en sombra: habría sido, habría llegado, habría tenido. Contar la migración es, entonces, cartografiar una ausencia. No el vacío que deja quien se va, sino el que descubre quien llega: el hueco exacto con forma de uno mismo que ningún lugar nuevo logra del todo llenar. Narrar eso no es tarea de cronista; es, si acaso, oficio de quien mide ruinas”.
¿Qué elementos de tu experiencia como migrante en España influyeron en la historia que escribiste?
“Una grieta, antes que nada. No la metafórica —esa que habita los discursos— sino la literal: la que aparece en el muro cuando el peso acumulado supera lo que la estructura puede sostener en silencio. En España he aprendido que la migración funciona igual: no se anuncia, se acumula. Y un día está ahí, precisa, medible, hablando del tiempo y del error. Cargo cemento de día y recibo premios de poesía de noche. Esa distancia entre lo que uno sabe y lo que el mundo le permite hacer no es paradoja pintoresca: es la arquitectura real de quien migra. Y quise escribirla como quien revisa un plano con la sospecha de que el error de escala es irreparable”.
¿Por qué es importante seguir narrando historias como estas?
“Porque nombrar algo es un primer gesto de dignidad frente a ello. Hay millones de personas que viven en ese condicional sin encontrar su experiencia reflejada en ningún lugar, sin que nadie les haya dicho que lo que sienten también es pensamiento, también es forma, también puede ser literatura.
Y además, estas historias nos recuerdan algo que las narrativas de progreso suelen omitir: que la identidad no es un punto de llegada sino un territorio en permanente negociación. Eso no es solo una verdad migrante. Es una verdad humana. Y la literatura existe, entre otras cosas, para decir en voz alta lo que todos sienten en silencio”.
¿Por qué la UAO debe continuar impulsando la creación de profesionales que sigan viendo la escritura como una forma potente de narrar y construir realidades?
“Porque el lenguaje no es el envase del pensamiento: es su arquitectura. Un comunicador que no tiene conciencia literaria puede informar, pero difícilmente va a transformar nada. Y la escritura, cuando se asume con rigor y con libertad al mismo tiempo, no solo narra la realidad: la interroga, la expande, a veces la cura.
Mi paso por la UAO me dejó eso: la certeza de que las palabras tienen responsabilidad ética, que narrar es también un acto de justicia. Si la universidad sigue formando personas que lo entiendan así, estará haciendo algo que trasciende el oficio. Estará formando lectores del mundo, y eso, en los tiempos que corren, es quizás lo más urgente que existe”.
Informes:
Erika Marieth Barbosa
Directora del programa de Comunicación Social – Periodismo
[email protected]
PBX: 602 318 8000, ext. 11496
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